Hay historias que no envejecen: se sedimentan. Quedan ahí, como capas de sentido que explican por qué una ciudad es lo que es. En el 60° aniversario de Plaza Huincul, volver sobre esas capas no es un gesto nostálgico; es, más bien, un ejercicio de comprensión.
El libro Dale Cutral Co, contame otra historia funciona como una llave. Su autor, Rubén José López, reunió 55 relatos y más de 700 fotografías para reconstruir la trama íntima de dos ciudades que crecieron al ritmo del petróleo y del viento. Allí aparece la voz de Laura Rivadulla, que no solo recuerda: ordena, interpreta y, por momentos, interpela.
Habla de su padre, Carlos Rivadulla. Primer intendente. Pero también algo más difícil de definir: un hombre de frontera institucional. De esos que ocuparon cargos cuando todavía no había del todo un Estado que los sostuviera.
La escena es conocida en los pueblos que nacen antes que sus normas: “hubo que hacer todo desde cero”. No es una metáfora. Es literal. Calles, escuelas, límites, burocracias. Incluso la idea misma de municipio. En ese vacío inicial, la política no era gestión: era fundación.
Rivadulla aparece, entonces, como un actor de ese tiempo primario. Un dirigente que negociaba con empresas petroleras cuando la avenida todavía no existía, y que definía límites territoriales con su par de Denis “Chirulilo” Ferreira en medio del campo abierto. Un caño, plantado sin demasiada lógica en la nada, terminó siendo frontera. La anécdota es potente porque revela algo más profundo: la institucionalidad, muchas veces, nace antes como acuerdo que como norma.
El relato también desmonta algunas discusiones actuales. La crítica a la ubicación de las empresas sobre la avenida, por ejemplo, pierde fuerza cuando se invierte la cronología: las empresas estaban antes. La ciudad se adaptó a ellas, no al revés. Es un detalle que incomoda, porque obliga a revisar lecturas simplificadas del presente.
Hay, además, una constante que atraviesa toda la narración: la incertidumbre. El petróleo como promesa y amenaza. Cada yacimiento que se agotaba abría la posibilidad de un éxodo. Cada nuevo hallazgo postergaba el final. Esa lógica pendular marcó decisiones urbanas, económicas y hasta emocionales.
Pero el punto más incómodo —y quizás el más vigente— aparece en una frase breve: “A mí el 24 de abril me duele”.
El 24 de abril, fecha de la institucionalización de la ciudad, debería ser motivo de celebración. Sin embargo, en esa incomodidad se filtra una tensión no resuelta. La que señala Mirtha Solari en su editorial: ¿qué significa realmente esa fecha para los vecinos hoy?
La respuesta, sugiere, es difusa. No por desinterés, sino por desconexión. Porque las palabras —municipio, comuna, institucionalización— dejaron de tener anclaje concreto en la experiencia cotidiana. Y cuando los conceptos se vacían, también se diluye la memoria de lo que costó construirlos.
Ahí es donde el testimonio de Rivadulla vuelve a cobrar sentido. No como homenaje, sino como advertencia. Recordar que hubo un tiempo en que nada estaba dado. Que cada decisión implicaba riesgo. Que cada avance requería negociación, persistencia y, sobre todo, una idea clara de comunidad.
Sesenta años después, la pregunta no es qué se celebra. La pregunta es si todavía se entiende lo que se construyó.
Porque las ciudades no se sostienen solo con infraestructura. Se sostienen con memoria. Y, sobre todo, con conciencia de esa memoria.






