Por momentos, la historia parece quedar enterrada junto con los escombros. Pero hay fechas que vuelven, insisten, obligan a mirar hacia atrás. Este 29 de marzo se cumplen 75 años de la explosión en la Mina Santa Teresita, en el paraje San Eduardo, en el norte de Neuquén. Un episodio que no solo dejó muertos, heridos y desaparecidos: también marcó el inicio de la desaparición de un pueblo entero.
Eran las 9:05 de la mañana cuando una acumulación de gas metano detonó dentro del yacimiento. La explosión fue tan violenta como inesperada. No hubo margen para evacuar ni tiempo para reaccionar. El saldo fue trágico: nueve trabajadores muertos —Luis Alberto Vásquez, Crecencio del Carmen Barros, Adolfo Sánchez, José Agustín Vallejos, Luis Alberto Matus, José Rodolfo Jara, Homero del Carmen Valenzuela, Domingo Antonio Fuentes y José Antonio Carrera— además de heridos y personas que nunca fueron encontradas.
Pero la tragedia no terminó ese día.
San Eduardo era, en aquel entonces, mucho más que un campamento minero. Enclavado a pocos kilómetros de Curaco y la balsa Huitrín, a 80 klómetros de Chos Malal, había crecido al ritmo de la explotación de asfaltita. Entre las décadas del 40 y el 60 llegó a tener cerca de mil habitantes. Contaba con escuela, espacios recreativos y una vida social que giraba en torno al trabajo y la comunidad. Era, en los hechos, un pueblo.
La explosión marcó un punto de inflexión.
Aunque la actividad continuó algunos años más, las condiciones estructurales comenzaron a jugar en contra. Las distancias con los centros de consumo, los altos costos de transporte —en especial ferroviario— y la irrupción de nuevos combustibles más competitivos fueron debilitando la viabilidad económica del yacimiento. La tragedia, en ese contexto, dejó de ser solo un accidente para convertirse en un símbolo de un modelo que empezaba a agotarse.
Hacia 1960, San Eduardo ya era un lugar en retirada.
Lo que quedó fueron ruinas, silencios y memorias fragmentadas. Durante décadas, el sitio permaneció en un limbo: demasiado significativo para desaparecer del todo, pero insuficientemente visible para ocupar un lugar central en la historia provincial.
Recién en 2008, con la sanción de la Ley provincial Nº 2607, las ruinas de San Eduardo fueron declaradas patrimonio histórico. Un reconocimiento tardío, pero necesario. No solo por lo ocurrido en la mina, sino por lo que representó ese enclave para el desarrollo productivo del norte neuquino.
Setenta y cinco años después, la pregunta persiste: ¿qué queda de aquellos pueblos que nacen alrededor de un recurso y desaparecen cuando ese recurso deja de ser rentable?
San Eduardo, hoy, no ofrece respuestas. Pero sí una advertencia. Y un recuerdo que se niega a desaparecer.






