Se cumplen dos años del fallecimiento de Guillermo Pereyra

Su influencia creció al mismo ritmo que la importancia de Neuquén dentro del mapa hidrocarburífero argentino.

Durante casi cuatro décadas, hablar del petróleo neuquino implicó inevitablemente hablar de Guillermo Pereyra. Su figura atravesó gobiernos provinciales y nacionales, sobrevivió a crisis económicas, reformas laborales, privatizaciones y cambios de época. Construyó poder desde los pozos petroleros, pero terminó sentado en las mesas donde se definían inversiones multimillonarias, leyes energéticas y el futuro de Vaca Muerta.

A dos años de su muerte, ocurrida el 28 de mayo de 2024, su legado sigue generando debates en la política, en los sindicatos y dentro de una industria que todavía conserva muchas de las estructuras de poder que ayudó a moldear.

Pereyra había nacido en Bowen en 1943, aunque su construcción política y sindical ocurrió completamente en Neuquén. Llegó como trabajador petrolero en tiempos donde la actividad todavía giraba alrededor de los yacimientos convencionales y las empresas estatales. Desde allí inició un recorrido silencioso pero constante dentro del sindicato petrolero privado.

El regreso de la democracia en 1983 marcó un punto de inflexión. Ese año asumió la conducción del Sindicato de Petróleo y Gas Privado de Río Negro, Neuquén y La Pampa. Lo que inicialmente parecía una conducción gremial más terminó convirtiéndose en una de las estructuras sindicales más influyentes del país.

Con el tiempo, el sindicato dejó de ser únicamente una herramienta de representación laboral. Bajo el liderazgo de Pereyra se transformó también en un actor económico, político y territorial. El gremio ganó presencia en negociaciones empresariales, en discusiones salariales nacionales y en acuerdos estratégicos vinculados al desarrollo energético.

Su influencia creció al mismo ritmo que la importancia de Neuquén dentro del mapa hidrocarburífero argentino.

La aparición de Vaca Muerta terminó de consolidarlo como una figura de peso nacional. Mientras el shale comenzaba a despertar expectativas millonarias, Pereyra entendió antes que muchos dirigentes que el desarrollo no convencional exigía nuevos acuerdos laborales y otro tipo de relación entre empresas, sindicatos y Estado.

Fue uno de los protagonistas de las negociaciones que habilitaron modificaciones operativas reclamadas por las petroleras para reducir costos y aumentar productividad en los yacimientos no convencionales. Para algunos, aquellas decisiones fueron determinantes para acelerar las inversiones. Para otros, implicaron concesiones excesivas sobre condiciones laborales históricas.

En paralelo, amplió su influencia política. Históricamente vinculado al Movimiento Popular Neuquino, ocupó cargos legislativos y ejecutivos, aunque siempre mantuvo su centro de poder en el sindicato. Fue diputado provincial, subsecretario de Trabajo y senador nacional entre 2013 y 2019.

En el Senado presidió la Comisión de Energía y Combustibles, un espacio clave en años donde la discusión energética ocupaba el centro de la agenda económica argentina. Desde allí defendió inversiones para la Cuenca Neuquina, reclamó infraestructura y acompañó políticas destinadas a consolidar el desarrollo de Vaca Muerta como apuesta estratégica del país.

También integró el directorio de YPF tras la reestatización parcial de la compañía en 2012, en una etapa decisiva para el relanzamiento de la producción hidrocarburífera nacional.

Quienes lo conocieron coinciden en un rasgo: Pereyra entendía el negocio petrolero tanto como la lógica sindical. Esa combinación le permitió construir relaciones fluidas con empresarios, gobernadores y presidentes, incluso en contextos políticos opuestos.

Pero ese mismo poder también generó cuestionamientos.

Sectores opositores dentro y fuera del gremio criticaron durante años la concentración de poder sindical, político y económico alrededor de su figura. Otros señalaban la escasa renovación interna y el peso creciente de las estructuras sindicales sobre la vida política neuquina.

Sin embargo, incluso sus críticos reconocían algo difícil de discutir: pocos dirigentes conocían con tanta profundidad el funcionamiento de la industria petrolera argentina.

En 2021 dejó formalmente la conducción sindical y respaldó la llegada de Marcelo Rucci. Aunque ya fuera del cargo principal, continuó participando en espacios vinculados a la mutual petrolera y manteniendo influencia dentro del sector.

Su muerte, en mayo de 2024, provocó una reacción inmediata en toda la región. El gobierno provincial decretó duelo y miles de trabajadores acompañaron la despedida en Neuquén y Centenario. La extensa caravana que recorrió las rutas petroleras funcionó también como una postal simbólica de una época.

Porque más allá de adhesiones o críticas, Guillermo Pereyra terminó convirtiéndose en algo más que un dirigente sindical: fue uno de los hombres que ayudó a definir cómo se articuló el poder alrededor del petróleo neuquino durante las últimas cuatro décadas.