El 28 de abril de 2004 no fue una fecha más en la agenda institucional de la comarca petrolera. Ese día se inauguró el hospital zonal de Complejidad VI de Cutral Co y Plaza Huincul, una obra pensada para dejar atrás las limitaciones del antiguo edificio y proyectar un sistema de salud acorde a las demandas de la región. Hubo discursos, fotos oficiales y una promesa implícita: modernizar la atención sin perder la memoria.
Ubicado en un predio compartido por ambas ciudades y cabecera de los centros de salud de la Zona Sanitaria V, el hospital nació como una apuesta estratégica para toda la región. La inauguración estuvo encabezada por el entonces gobernador Jorge Sobisch, junto a su subsecretario de Salud Fernando Gore, y los intendentes Eduardo Benítez y Silvia De Otaño. La jornada incluyó incluso un cierre artístico con el cantautor Ignacio Copani en la plaza San Martín, en un intento por convertir la inauguración en un hito comunitario.
El nuevo edificio reemplazó al histórico hospital doctor Aldo Victorio Maulú de Cutral Co y, desde su origen, fue concebido como un centro de mayor complejidad para atender a la comarca petrolera y localidades cercanas.
Veintidós años después, el balance es, al menos, dual.
Por un lado, el hospital creció. Incorporó servicios estratégicos como el Banco de Leche Humana —siendo el primero de la provincia en contar con este recurso—, fortaleció la atención de emergencias a través del SIEN e impulsó una red de lactancia materna que se extendió hacia barrios, centros de salud y otros nosocomios. Además, avanza en proyectos clave como el convenio entre municipios y provincia para la futura construcción de un centro oncológico. En términos sanitarios, la estructura evolucionó, sumando equipamiento, tecnología y nuevas especialidades.
Pero hay otro plano, menos visible en estadísticas y más presente en la memoria colectiva, donde la historia parece haber quedado incompleta.
El edificio que reemplazó al antiguo hospital no lleva en su frente el nombre del doctor Aldo Victorio Maulu. Sí hay una placa en el hall, discreta, que recuerda al profesional. Sin embargo, para muchos trabajadores y vecinos, ese gesto resulta insuficiente. La ausencia en la fachada no es un detalle menor: es, sostienen, un símbolo de cómo las instituciones administran —o relegan— su propia historia.






