A 31 años de su muerte, la figura de Jaime Francisco de Nevares vuelve a emerger no solo como un símbolo religioso, sino como una de las voces eclesiásticas más firmes en la defensa de los derechos humanos durante las décadas más críticas de la Argentina reciente.
Fallecido el 19 de mayo de 1995 en la ciudad de Neuquén, “Don Jaime” —como lo llamaban en la región— fue el primer obispo de la diócesis creada en 1961 por decisión del Papa Juan XXIII. Desde entonces, su trayectoria se entrelazó con el desarrollo social, político y económico de una provincia joven, atravesada por la expansión petrolera, los conflictos laborales y las tensiones sociales del Alto Valle.

Su nombre quedó asociado a un estilo pastoral que, lejos de la neutralidad institucional, optó por una presencia activa en el territorio. A fines de los años ‘60, acompañó públicamente reclamos obreros en El Chocón. Más tarde, durante la última dictadura militar, integró espacios de denuncia y contención como la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) y el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH), organizaciones que buscaron asistir a víctimas del terrorismo de Estado en un contexto de persecución y censura.
Ya en el retorno democrático, su participación como miembro de la CONADEP lo colocó dentro del reducido grupo de referentes que intentaron sistematizar la magnitud de las violaciones a los derechos humanos cometidas entre 1976 y 1983. Su posterior rol como convencional constituyente en la reforma constitucional de 1994 fue, sin embargo, más breve: renunció antes de concluir el proceso, en medio de diferencias con el rumbo político del debate.
En paralelo, su vínculo con comunidades originarias del norte neuquino dejó una huella menos institucionalizada pero igualmente significativa. En 1990, la comunidad mapuche Huayquillán de Colipilli lo nombró “Peñi” —hermano—, un gesto que trascendió el plano simbólico y reflejó un reconocimiento excepcional dentro de estructuras culturales históricamente tensionadas con el Estado y la Iglesia.
En Cutral Co, su memoria también se materializó en 2011 con la inauguración de una escultura de seis metros de altura realizada por el artista Aldo Beroísa, en un intento por fijar en el espacio público una figura cuya influencia excedió ampliamente los límites eclesiásticos.
A tres décadas de su fallecimiento, el legado de De Nevares permanece atravesado por una constante: la tensión entre institución y denuncia, entre jerarquía e intervención social. En una Argentina que aún discute los alcances de su pasado reciente, su figura sigue siendo citada tanto como referencia moral como objeto de debate histórico.







