Hay formas de medir la dimensión de un artista. Una es contar discos, premios o escenarios. Otra —menos evidente, pero más profunda— es observar cuánto de una identidad colectiva logra condensar en su obra. En ese plano, Marcelo Berbel no fue solo un referente del folklore patagónico: fue, en muchos sentidos, un constructor de sentido.
Nacido el 19 de abril de 1925 en Plaza Huincul, en una tierra atravesada por el petróleo, el viento y las tensiones entre desarrollo y pertenencia, Berbel eligió otro camino: narrar. Hijo de Juan Berbel y María Teresa Arriagada —con raíces mapuches—, su obra se inscribe en esa frontera donde la cultura popular dialoga con la historia profunda del territorio.
En ese marco, y a 101 años de su nacimiento, la ciudad que lo vio nacer vuelve a poner su nombre en primer plano. La Municipalidad de Plaza Huincul organiza “Raíces y Sentimiento Joven”, un evento cultural en conmemoración del Día de la Identidad Neuquina.
La actividad se desarrollará este domingo 19 de abril, desde las 15:00 horas, en el mirador del Barrio Uno. Habrá presentaciones de grupos musicales y bailarines, además de la feria “Plaza Emprende”. También se compartirán tortas fritas y chocolate caliente, en una jornada que busca combinar tradición, participación comunitaria y nuevas expresiones culturales.
El Día Provincial de la Identidad Neuquina, establecido por la Ley N.º 3495, se celebra cada 19 de abril en homenaje al natalicio de Berbel, con el objetivo de poner en valor la música, las tradiciones y la historia que definen a la provincia. En definitiva, una fecha que, más que recordar, invita a discutir qué significa —hoy— pertenecer.
No es un dato menor que haya sido autor del himno de la provincia del Neuquén, “Neuquén Trabun Mapu”, junto a Osvaldo Arabarco. Los himnos, después de todo, no son solo piezas musicales: son relatos oficiales, síntesis de lo que una comunidad decide decir de sí misma. Tampoco lo es que haya escrito el de la capital provincial, “Regreso al ayer”. En ambos casos, Berbel operó en un terreno delicado: el de traducir identidad en palabras.
Pero su influencia no quedó encapsulada en lo institucional. Sus composiciones circularon —y circulan— por otros canales, más imprevisibles y, a menudo, más potentes. “Amutuy Soledad”, por ejemplo, no es solo una canción difundida por Rubén Patagonia; es también una pieza que expone tensiones históricas, desarraigos y silencios. Lo mismo ocurre con interpretaciones de Jorge Cafrune, José Larralde, Soledad Pastorutti o León Gieco, que ayudaron a amplificar su obra más allá de la Patagonia.
Incluso su vínculo con Pablo Neruda sugiere algo más que una anécdota: habla de una circulación de ideas y sensibilidades en el sur del continente que desborda las fronteras políticas.
Berbel no fue ajeno a la vida pública. Participó como convencional constituyente en la redacción de la Constitución neuquina, un dato que, leído en clave contemporánea, revela otra dimensión: la del artista que no se limita a describir la realidad, sino que también intenta intervenir en ella. Su frase —“Mi política es celeste y blanca y mi patria son los mapuches”— condensa esa tensión entre lo nacional y lo originario, entre el Estado y la identidad.
Murió el 9 de abril de 2003 en la ciudad de Neuquén. Desde entonces, su figura quedó fijada en homenajes, estatuas y repertorios. Pero la pregunta relevante no es cómo se lo recuerda, sino cómo se lo escucha.
Porque en tiempos donde las identidades suelen simplificarse o instrumentalizarse, la obra de Berbel ofrece algo menos cómodo: complejidad. Y, en esa complejidad, una clave para entender no solo a la Patagonia, sino también a la Argentina que, muchas veces, queda fuera del centro de la escena.







