El 9 de abril de 1997 no empezó como una fecha destinada a quedar en la historia. Pero en la comarca petrolera, ese día marcó el inicio de una de las protestas más profundas y decisivas de los años noventa: la segunda pueblada.
El escenario ya estaba cargado. La crisis social derivada de la privatización de YPF y Gas del Estado había dejado una huella visible: desempleo masivo, caída del tejido productivo y una comunidad atravesada por la incertidumbre. A ese cuadro se sumaba el desgaste de promesas incumplidas tras la primera pueblada de 1996.
Pero esta vez, el conflicto encontró un nuevo punto de apoyo. La huelga docente impulsada por ATEN actuó como disparador inmediato. No fue solo una reivindicación sectorial: fue el catalizador de un malestar más amplio. En pocas horas, el reclamo se desbordó.
La ruta volvió a ser el escenario. Vecinos, desocupados, docentes y trabajadores comenzaron a concentrarse en los accesos estratégicos que conectan Cutral Co y Plaza Huincul. No había una conducción única ni una estructura formal. Había, en cambio, una lógica asamblearia que organizaba turnos, definía medidas y sostenía el corte como herramienta de visibilización.
El 9 de abril fue, en ese sentido, el punto de partida de una protesta que rápidamente escaló. Lo que comenzó como un acompañamiento a los docentes se transformó en una interpelación directa al poder político provincial, entonces alineado con el modelo económico impulsado a nivel nacional por Carlos Menem en el marco del Consenso de Washington.
En los días siguientes, la tensión creció. El gobierno osciló entre la negociación y la presión para liberar las rutas. Las fuerzas de seguridad comenzaron a desplegarse en la zona. El conflicto dejó de ser local: pasó a ocupar un lugar central en la agenda nacional.
El 12 de abril, apenas tres días después del inicio, la protesta alcanzó su punto más crítico. Durante un operativo represivo en el puente que une ambas ciudades, una bala policial mató a Teresa Rodríguez. Tenía 25 años y no participaba activamente del corte. Su muerte cambió el eje del conflicto.
A partir de ese momento, la protesta dejó de ser solo un reclamo económico o laboral. Se convirtió en una denuncia contra la represión estatal. Lejos de disiparse, la movilización se consolidó. La figura de Teresa Rodríguez se transformó en símbolo, y su nombre quedó asociado para siempre a la historia de la pueblada.
El conflicto se extendió hasta el 18 de abril, cuando se firmó un acta acuerdo de trece puntos. Fue la salida formal a diez días de cortes, enfrentamientos y negociación. Pero el cierre administrativo no borró lo ocurrido.
A 29 años de aquel 9 de abril, la segunda pueblada sigue siendo un punto de inflexión. No solo por su desenlace trágico, sino porque en esos días se consolidó una forma de protesta —el corte de ruta— que luego se expandiría a todo el país. Allí, en el corazón de la comarca petrolera, comenzó a tomar forma el movimiento de desocupados y piqueteros que marcaría la agenda social de los años siguientes.
El aniversario no remite únicamente a la memoria. También interpela al presente. Porque lo que empezó aquel 9 de abril fue más que una protesta: fue la expresión de una comunidad que, frente a la falta de respuestas, decidió hacerse escuchar.







