Ceferino Namuncurá, a 140 años de su nacimiento: la memoria de un joven mapuche que regresó a la tierra de su pueblo

El recorrido de Ceferino Namuncurá atravesó buena parte de la historia argentina de fines del siglo XIX y dejó una huella que todavía permanece en la Patagonia.

San Ignacio vuelve a ocupar este 26 de agosto un lugar central en la historia de Ceferino Namuncurá. A 140 años de su nacimiento, el santuario donde descansan sus restos mantiene vivo el vínculo entre la tradición cristiana, la identidad mapuche y la memoria de la Patagonia.

No fue una vida larga. Fueron apenas 18 años. Pero el recorrido de Ceferino Namuncurá atravesó buena parte de la historia argentina de fines del siglo XIX y dejó una huella que todavía permanece en la Patagonia.

Este miércoles 26 de agosto se cumplen 140 años de su nacimiento, ocurrido en 1886. La fecha vuelve a poner la mirada sobre una figura que, con el paso del tiempo, se convirtió en uno de los referentes religiosos y culturales más reconocidos de la región.

Su historia tiene un punto de regreso: San Ignacio, en territorio de la Comunidad Mapuche Namuncurá. Allí, a unos 60 kilómetros de Junín de los Andes, sobre la Ruta Nacional 40, se encuentra el Santuario Kultrún, donde descansan sus restos desde 2009.

El edificio no pasa inadvertido. Su estructura circular reproduce la forma del kultrún, instrumento sagrado de la cultura mapuche. Madera, piedra, chapa y vidrios de colores conforman un espacio que busca integrar dos tradiciones que atravesaron la vida de Ceferino: su pertenencia al pueblo mapuche y su formación dentro de la congregación salesiana.

En el centro del santuario, una fosa excavada en la roca guarda sus restos. Alrededor, los visitantes pueden recorrer el espacio en silencio. En los vidrios permanece una frase que funciona casi como una síntesis de aquella vida breve: “Quiero ser útil a mi gente”.

Del territorio mapuche a Buenos Aires

Ceferino nació el 26 de agosto de 1886. Era hijo del cacique Manuel Namuncurá y de Rosario Burgos, y nieto de Calfucurá, una de las figuras indígenas más importantes de la historia de la Patagonia.

Su infancia estuvo atravesada por las transformaciones políticas y sociales que afectaron a las comunidades indígenas después de las campañas militares del Estado argentino.

A los dos años fue bautizado por el salesiano Domingo Milanesio. A los 11 años fue enviado a Buenos Aires para estudiar. Su primer destino fue el Colegio Militar de la Nación, aunque la experiencia duró poco. Durante el viaje manifestó que quería continuar su formación en otro lugar.

Terminó en el Colegio Salesiano Pío IX. Allí recibió su primera Comunión en 1898 y comenzó a consolidarse su vocación religiosa y de servicio.

Pero su salud sería determinante.

Ceferino contrajo tuberculosis y fue trasladado a Viedma. Allí conoció a Artémides Zatti, quien se desempeñaba como enfermero salesiano y que décadas después sería reconocido como santo por la Iglesia Católica.

La enfermedad no le impidió continuar con su formación. Viajó a Europa acompañado por monseñor Juan Cagliero y llegó a Italia, donde continuó sus estudios en Frascati.

La tuberculosis, sin embargo, avanzaba.

Ceferino murió el 11 de mayo de 1905, en el hospital Fatebenefratelli, en Roma. Tenía apenas 18 años.

Setenta años después de su muerte

Su historia no terminó allí.

En 1924 sus restos fueron repatriados desde Italia y trasladados a Fortín Mercedes, en la provincia de Buenos Aires. Allí permanecieron durante décadas.

El regreso definitivo a la Patagonia ocurrió recién en 2009.

El 13 de agosto de ese año, los restos de Ceferino fueron trasladados hasta San Ignacio, luego de gestiones realizadas por su familia y con autorización del Vaticano.

El traslado tuvo un fuerte contenido simbólico: el joven que había abandonado la Patagonia para estudiar y formarse regresaba, décadas después de su muerte, a la tierra de sus antepasados.

La Iglesia Católica había iniciado mucho antes el proceso para reconocer su figura. La causa comenzó en 1945 y en 1957 se aprobó formalmente su introducción. Finalmente, el 11 de noviembre de 2007, Ceferino fue beatificado en Chimpay, Río Negro, localidad donde había vivido durante parte de su infancia.

Un santuario donde conviven dos identidades

San Ignacio forma parte del denominado Camino de la Fe neuquino, un recorrido que conecta distintos espacios religiosos y culturales de la provincia.

Pero el Santuario Kultrún tiene una característica particular. No se trata solamente de un lugar de peregrinación religiosa. También es un espacio donde la historia de Ceferino se encuentra con su origen mapuche.

La propia arquitectura del santuario funciona como una declaración de identidad. El kultrún, los materiales y los símbolos utilizados remiten a la cultura de su pueblo, mientras que el espacio central y la presencia de sus restos expresan la dimensión cristiana de su historia.

Cada noviembre, la comunidad vuelve a reunirse para recordar el traslado de sus restos.

Este 26 de agosto, en cambio, la fecha es otra: el aniversario de su nacimiento.

Ciento cuarenta años después, la figura de Ceferino Namuncurá continúa generando interés más allá de la Iglesia. Su historia permite recorrer una parte compleja de la Argentina: la de los pueblos originarios, la expansión del Estado, la presencia salesiana y la construcción de una identidad patagónica atravesada por distintas tradiciones.

En San Ignacio, esa historia tiene un lugar físico.

Está en el santuario con forma de kultrún, en la roca donde descansan sus restos y en aquella frase que sobrevivió a su corta vida y que todavía resume su legado: quería ser útil a su gente.