“Pelo blanco, una sonrisa aniñada, los ojos bien abiertos, no entrecerrados y con el ceño fruncido, como sujetando el dolor. Esta Sebastiana que me trae una foto de un diario digital -quizás flotando en las nubes reconfortantes de la senilidad- no es la que conocí. A aquella, a la de 1994, nunca la vi reír. Qué iba a reír”.
“Si le habían matado al hijo”.
“A su hijo varón. Al que se había ido hacía unos pocos días de la casa para cumplir con la obligación del servicio militar. Y los que lo tenían que cuidar, lo mataron. Y no solo eso. También mintieron, ocultaron, distrajeron, despreciaron. Nos pasaron a todos por encima, a Sebastiana y Francisco, a la familia, a su iglesia evangelista que tanto respetaban; a todos, a todos. Porque el dolor nos arreció el alma y aunque ya pasaron décadas desde que ultimaron a Omar a patadas, nos sigue doliendo como si fuera ayer”.
“La Sebastiana que conocí no hablaba mucho, ni se desgarraba gritando su angustia, parecía fundida en un segundo plano con la figura de su compañero Francisco, el que no se asustó ante la magnitud de la institución castrense y salió a buscar al hijo, hasta que lo encontró. Vestía de manera sencilla, siempre con pollera. Y su pelo abundante y negro siempre estaba sujeto en un rodete”.
“Pero cuando hablaba Sebastiana, con voz rasposa y baja, como si la estuviera sujetando para que no se desbocara en la incongruencia del dolor febril, ahí si, ahí si que se hacía escuchar”.
“Para despedirla con el respeto que mi corazón me impone y con varios años más sobre los hombros, lejos de aquella veinteañera que daba sus primeros traspiés en el periodismo, rescato el fragmento de un informe que se publicó en la revista Noticias en julio de 1994, cuando las periodistas Marcela Goldin y Marisa Grinstein, entrevistaron a la madre de Omar y a Dolores de Canevaro, la mamá del ex subteniente Ignacio Canevaro, quien cumplió condena como culpable del hecho, junto a los dos ex soldados Cristian Suárez y Víctor Zalazar, y el ex sargento Carlos Sánchez”.
“Una vivía en Cutral Co con la herida abierta y reciente de la muerte de su hijo, aferrada a la balsa salvadora de la religión. La otra se había instalado en Zapala, donde permanecía detenido su hijo a la espera del juicio. Quería estar cerca, para cuidarlo como pudiese”.
“-Yo a mi hijo no lo tengo más. La madre de Canevaro puede ver al suyo cuando quiera, porque él está vivo. Los padres de Canevaro también deben sufrir, pero también tienen que reconocer que hay otros que ya no tienen más a su hijo, y eso siempre es peor. Ella puede ir y hablar con él. Y yo no voy a poder verlo más hasta que me muera”.
“-¿Hasta que se muera?”
“-Si, recién después voy a poder verlo de nuevo. Esa es la esperanza”.
“-¿Y cómo va a ser?”
“-Va a ser distinto, ya no va a ser como acá, porque nosotros, allá, no vamos a ser como ahora. Vamos a ser como los ángeles”.



